Puertollano

Artículo de Antonio Carmona Márquez publicado en una página de Facebook

Caminando desde Puertollano a Ventillas

Antonio Carmona Márquez

06/03/2015

(Última actualización: 07/03/2015 21:33)

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En realidad hay muchas más casas de las que pudiera parecer sobre la superficie del valle de Alcudia, a pesar del consabido éxodo rural desde los años cincuenta hasta finales de los setenta. Son casas de aspecto bucólico, casitas pequeñas y grandes caserones de tejados ocres con una silueta enemistada con la línea recta, los trazos paralelos y perpendiculares y, sobre todo, con las leyes de la perspectiva. Como si el mismo Van Gogh se hubiera entretenido en componer este paisaje, usando sus colores vivos, turbulentos y luminosos. Muchas de estas casas cuentan con un pequeño horno adosado a sus fachadas o en las inmediaciones, lo que hace soñar a nuestros excursionistas con unas mañanas bucólicas de almuerzos a base de pan y bollería recién horneada oliendo a leña de encina.

Después de varias horas de recorrido, ponen en práctica una estrategia específica para estas ocasiones. Es una estrategia con un fondo psicológico que consiste básicamente en sentarse a la sombra y descalzarse, sacar de la mochila unos calcetines limpios y mullidos con olor a suavizante. Por fin, hay que quitarse los usados (éstos se introducen en una bolsa de plástico herméticamente cerrada para evitar los desagradables efluvios olorosos) y tras un intervalo razonable de tiempo agitando los dedillos de los pies para airearlos, se ponen los calcetines nuevos y se calzan las “chirucas”: ¡Es como empezar de nuevo!

Pero la práctica no siempre se ajusta a la teoría y menos cuando se trata de una caminata tan larga y sobre un terreno que sólo a primera vista o para quien desconoce la orografía del valle, le puede parecer suavemente ondulado. Cruzarlo de norte a sur supone bajar y subir un número inacabable de pendientes muy empinadas, sin apenas llanear, ni tener la oportunidad de acostumbrar las piernas a las subidas o a las bajadas. Vamos, lo que se entiende por un auténtico “rompe-piernas”.

Al aproximarse a la casa de los Vadillos ya comienzan a sentir los primeros síntomas de agotamiento. En este gran caserón destaca la silueta enhiesta de un aeromotor con su hélice siempre movida por el viento, componente meteorológico muy habitual en este valle. Un joven de unos veintitantos años con la piel muy bronceada les sale al paso.

—“¡Muy buenas! ¿Adónde vais por aquí?”

— “A Ventillas...”

— “¿A Ventillas? ¿A la aldea de Ventillas al otro lado del puerto? ¡Joder, pues anda que no os queda na todavía!”

—“Sí, y venimos desde Puertollano...”

—“¿Y eso? ¿Habéis hecho una promesa o algo así? San Marcos es el patrón de Ventillas, que yo sepa...”

—“¿Qué promesa, ni San Marcos, ni niño muerto? Lo hacemos por gusto”.

—“No, eso sí... Hay gustos para todo”.

—“¿Nos puedes dar agua? Vamos un poco escasos y hoy se ha levantado el día con un calor, que para qué las prisas”.

—“Desde luego, hoy hace un calor que no es normal para estas fechas”.

—“Eso mismo veníamos diciendo mi amigo y yo...”

—“Pues aquí otra cosa no, pero agua toda la que queráis. La cogemos de allí, de la mina de la Petaca” —en efecto, se ve una tubería de PVC atravesando el campo desde una boca de la mina hasta la casa— El agua sale por este caño”. —tras girar una palanca, el agua brota con gran estrépito y los excursionistas aprovechan para llenar sus cantimploras y refrescarse bajo el chorro— “Pero pasad a casa y descansad un rato..”. —la fresca temperatura dentro de la casa contrasta con la del exterior. Se sientan alrededor de una mesa cerca de una chimenea apagada en el interior de un rústico salón con un techo muy bajo y comienzan a hablar sin parar sobre la ganadería y sobre la caza.

Si algo caracteriza a las gentes que encuentras en el valle de Alcudia es, precisamente, su generosidad y apertura para con los extraños. Esto debe ser intrínseco a la propia actividad ganadera, obligada por tradición a abrir caminos, a poner en contacto a gentes de diferentes zonas (al valle vienen ganaderos de Teruel, Soria, Guadalajara, etc.). Por el contrario, la caza, si se puede llamar caza a una actividad proto-ganadera consistente en alimentar a una cantidad ingente de animales de una especie específica deseada por los cazadores, que de ningún modo podría sobrevivir sin la intervención del hombre, para finalmente darles muerte a tiros durante unos días determinados. La caza, como decíamos, sólo nos ha traído inmensos corrales cerrados e impermeables al paso, incluso por caminos, cordeles o cañadas públicas. Sus dueños no suelen ser autóctonos y aunque lo sean jamás quieren saber nada de los habitantes cercanos a su propiedad. Es más, si la pequeña aldea o pueblo cercano se queda desierto y se hunden sus ruinas, mejor que mejor. La caza, por lo que dicen y seguro que es cierto, mueve una cantidad impresionante de dinero, el problema discutido en esta tertulia espontánea ubicada en una casa en el corazón del valle, consiste en discernir qué porcentaje de esos beneficios queda para los habitantes de la comarca. Qué queda para la infantería. Por qué precisamente las regiones de grandes explotaciones cinegéticas son las que conservan la renta per cápita más baja de la provincia.

Uno de los excursionistas mira al otro, mientras golpea insistentemente con el dedo índice la esfera de su reloj.

—“¡Bueno, encantados de conocerte! Tenemos que irnos. Se nos está haciendo muy tarde.”

—“¿Qué prisa tenéis, hombre? No os valláis todavía... Aquí me aburro mucho, siempre solo... Todo el día y toda la noche.”

—“Claro, por aquí no pasará ni la intemperie” —dijo el excursionista, y al joven se le quedó cara de interrogación al no saber quién era esa tal “Intemperie”, pero se quedó con la duda sin decir nada—. “Eso sí, aquí se dormirá a pata suelta con este silencio en medio del campo”.

—“¡Desde luego! Aquí duermes mejor que un conejo “capao”.

Cada vez están más cerca del puerto de Ventillas. El paisaje ofrece ahora la imagen de pequeñas minas rodeadas de construcciones en ruinas y hierros retorcidos. Montones de escombros color gris-ceniciento parecen erupciones regurgitadas desde el interior de la tierra, costras de llagas que jamás cicatrizarán sobre una piel verde esplendorosa. El río Tablillas forma una pequeña laguna en el lugar por donde lo van a cruzar. Agobiados por el calor cada vez más intenso, ni siquiera se molestan en dar un pequeño rodeo, sino que se introducen en el agua directamente sin quitarse las botas. En el interior del río inundan sus gorras de agua cristalina para encasquetárselas seguidamente en sus cabezas, dejando que el agua chorree por todo el cuerpo. Más tarde continúan su camino rumbo a Ventillas con el sonido de fondo producido por sus pies en el interior húmedo de sus botas: un “ruaak, ruaak” monótono.

Por esta área meridional del valle se densifica el bosque de encinas con el porte imponente y sólido que les caracteriza, alzándose como un gran ejército. Aunque quizá la comparación no ha sido la más apropiada. En todo caso se trataría del ejército más anárquico y caótico de la tierra, dada la heterogeneidad de formas. Hay encinas en zonas altas con pocas hojas y ramas domadas en un sentido determinado por el azote constante del viento. Encinas mellizas y trillizas, achaparradas y estilizadas, jóvenes y añosas. Jamás forman una fila, ni respetan ningún orden entre ellas de distancia, tamaño, ni de nada por el estilo.

En una superficie llana al margen del camino encuentran un filtro de aceite tirado junto a una gran mancha negra y pringosa alrededor. Alguien decidió que ese era un buen lugar para cambiar el aceite a su vehículo. Cada vez hay menos ovejas y más vacas y toros. Por lo que le han dicho en otras ocasiones, no tienen nada que temer al no tratarse de ganadería brava. Por aquí se cría ganadería “de carne”, aunque nuestros caminantes jamás han acabado de comprender este concepto del todo, pues precisamente basan su temor en el hecho de que sean “de carne”, si fueran de cartón-piedra, ya estarían más relajados. La mirada de estos bichos con inmensos cuernos no es como la mirada inocente y desvalida de las ovejas. La de estas bestias es, cuando menos, inquietante.

No hay nada como la estampa de un pozo en mitad del campo. No se trata de un pozo cualquiera, derruido, cegado por las piedras, como la mayoría de los pozos que te encuentras por ahí, sino de un pozo con su brocal bien perfilado, una cuerda, cubo, polea y, lo más importante, agua en el fondo. Tras una puerta metálica sin candado, comienza la subida al puerto de Ventillas. Antes de enfilarlo se toman unos zumos de frutas azucarados para reponer fuerzas. Comprueban que no ha sido una buena idea lo de meter los pies calzados en el agua. Ahora les está pesando al notar unos roces causados por la humedad en los calcetines. A pesar del agotamiento suben a la cima del puerto mejor de lo que esperaban. Desde lo alto del puerto ven en un día de atmósfera nítida el recorrido del río Montoro, formando pequeñas lagunas en su cauce que brillan a la luz del sol como pequeños trozos de espejo.

El desnivel desde el puerto hacia Ventillas es mucho mayor que desde el valle hacia el puerto. Ahora toca una imponente bajada hasta llegar a ese pequeño grupo de casas junto al río Montoro. Por extraño que pueda parecer, la bajada les causa un dolor inaguantable en las piernas y caminan como si llevaran las botas llenas de piedrecillas. Abandonan el camino principal y toman un sendero a la derecha casi perdido por la vegetación. Se trata del antiguo cordel que subía al puerto desde Ventillas. Por supuesto, a pesar del agotamiento y el dolor, aún no han olvidado la primera determinación de transitar lo menos posible por cómodos caminos. El sendero no para de zigzaguear entre chaparros y jaras. Por la ladera sube un aire caliente con un fuerte olor a romero y tomillo. Uno de los senderistas se para y se agacha, no sin gran esfuerzo, para recoger un cráneo de cabra. “¡Mira, Está peor que nosotros!...” Y se empeña en que su compañero le fotografíe con la dichosa cabeza de cabra sobre su bastón. “¡Venga, vamos! Tengo ganas de llegar ya de una puñetera vez”. Al pasar por la ermita de San Marcos les saludan algunos vecinos, que les miran extrañados por su forma de andar y sus caras congestionadas, luego les reciben sus respectivas familias en la aldea, como si fueran unos héroes.

A las tres y media están comiendo y bebiendo como unos descosidos. Le sacan de la olla un codillo con patatas, zanahorias, morcillitas y demás adornos culinarios. El resto de la tarde pasa como un suspiro, mientras cuentan a la familia y amigos las anécdotas del trayecto. Al anochecer cae la temperatura drásticamente y los excursionistas junto a un buen grupo de amigos deciden dar un paseo por el cerrillo junto a Ventillas antes de acostarse.

Es una noche oscura sin luna, especialmente oscura en una aldea sin luz eléctrica, donde al mirar al cielo ves una bóveda negra plagada de estrellas, un abismo profundo y oscuro que da vértigo, como si te fueras a caer hacia arriba. Parece ser que todo empezó con una gran explosión, el “Big Bang” lo llaman los científicos, y el resultado es esto que se ve sobre sus cabezas: millones de estrellas, constelaciones, planetas... Todo en continuo movimiento. Nuestros excursionistas han caminado por un diminuto trayecto de un minúsculo planeta, pero les reconforta pensar que forman parte de ese todo que ven sobre sus cabezas, les anima la idea de que todo lo que han visto: la telaraña, los pueblecitos desde la sierra, las encinas, las casas, las minas, las vacas, las ovejas, el cráneo de la cabra, hasta el filtro de aceite e incluso ellos mismos son parte y están hechos a partir de ese polvo de estrellas.

Antonio Carmona Márquez