Los parajes protegidos de la cuenca del Salado

ulio Alvarez Jiménez. UAH

16/01/2013

(Última actualización: 17/01/2013 13:00)

Imprimir

El Río Salado hace honor a su nombre, no por sus aguas, que no llegan a ser saladas salvo quizá ligeramente en pleno estiaje, sino por el carácter de su valle y sus salinas. Sin duda se llama también así por contraposición con el vecino Río Dulce, el otro afluente importante del Henares en cabecera, uno por la izquierda y el otro, que nos ocupa hoy, por la derecha. El valle del Salado, que hace honor a su nombre en Imón, en Santamera, en La Riba, en Rienda,... Saladares y salinas que proporcionaron riqueza a un amplio territorio en aquellos momentos del pasado en los que la producción de sal a semejante distancia de la costa era una actividad, no ya de importancia económica, sino hasta estratégica, a la que concurrirían reyes, iglesia y nobleza. Hasta el punto de que la explicación de una parte importante de la historia de estas tierras altas, a caballo entre las dos Castillas, no puede entenderse sin este conjunto de explotaciones salineras: a ellas debemos en buena medida, por ejemplo, los grandes monumentos históricos de la diócesis de Sigüenza, empezando por la Catedral.

Pero el valle del Salado es mucho más que las salinas que le dan nombre y por las que se lo conoce. Enclavado en un territorio híbrido, en el punto de unión entre el Sistema Ibérico y el Sistema Central, hereda características de ambos configurándose en un entorno de media montaña por su posición entre grandes cordilleras. Además, el alto valle del Henares, y dentro de él el del río Salado, es el punto de conexión entre la llanura manchega, es decir, entre la cuenca del Tajo a través del propio Henares y de La Alcarria -que no es más que la prolongación nororiental de La Mancha-, y el valle del Ebro, a través de la cuenca del Jalón: el resultado es que a los elementos de montaña centroibérica se añadirán rasgos propios de tierras más bajas, híbridos entre la gran Meseta sur y los territorios geográfica y culturalmente aragoneses. Montes y majadas, prados y valles. Tierras calcáreas y silíceas. Paisajes extensos, ora alomados, ora abruptos. Cereales, que vienen de la Mancha y de Aragón. Pastos y el uso pecuario, tan castellanos viejos y tan ibéricos. Y enmarcada en el paisaje modelado por el uso del territorio, la historia. Magníficos castillos, en La Riba, en Palazuelos; torreones, en Tordelrábano, en Séñigo; ermitas prodigiosas, como la de Carabias y otras menores en muchos otros pueblos, iglesias, recintos amurallados, como en Palazuelos, y en el centro de todo, las salinas, ese monumento a la industria ancestral, al uso práctico de las profundidades de la tierra.

El río Salado y su entorno fueron propuestos legalmente en 1997 por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha para ser integrados en la Red Natura 2000 europea de espacios naturales. Como tal espacio protegido, comprende dos unidades geográficamente separadas: una al Sur, que engloba la amplia meseta contenida entre Baides, Viana de Jadraque, Huérmeces del Cerro, Palazuelos, Cirueches, La Olmeda de Jadraque, Imón y Santamera, más la serrezuela al Oeste de ésta, en el límite con Riofrío del Llano, y el cerro de Huérmeces, también al Oeste; y otra unidad al Norte, comprendida entre la Riba de Santiuste, Rienda, Tordelrábano, Alcolea de las Peñas, Cincovillas y Cercadillo. A este amplio espacio bicéfalo, englobado bajo la figura legal de Lugar de Interés Comunitario (LIC), se añadirán en 2003 las distintas salinas y saladares bajo la forma legal de Microrreserva, que salpican en posición exterior, aunque adyacentes, al mencionado LIC. Un espacio en su conjunto amplio y diverso, en el que predomina la vegetación mediterránea autóctona --encinares, quejigares, melojares-- junto a su fauna asociada, en un paisaje en el que la mezcla de naturaleza y usos del territorio se convierte en una obra maestra del tiempo.

La parte sur es la más extensa. Predomina en su configuración la citada y amplia meseta calcárea, y es precisamente su estructura geológica la que genera sus principales rasgos paisajísticos. Los materiales arcillosos más antiguos, situados en el zócalo de la meseta, se encuentran rematados en la parte superior por un estrato horizontal más duro, calcáreo, como si de la cubierta de una tarta en láminas superpuestas se tratase. Estas calizas son permeables a las aguas por ser oquerosas o encontrarse fisuradas, lo que permite mantener en su seno lo que los hidrogeólogos llaman un “acuífero colgado” al verse el agua de lluvia detenida en su viaje a las profundidades por las arcillas subyacentes, impermeables. Esto permite que, allí donde la caliza superior es socavada por la erosión, aflore la humedad y las manifestaciones paisajísticas a que da lugar. Esta humedad aparece en los someros valles que quedan trazados en la cobertera calcárea y que se comportan como cañadas para el ganado. Son vallecitos a menudo rellenos de sedimentos parcialmente arenosos, arenas que proceden de otros estratos aún superiores, más modernos, casi en su totalidad devastados por la erosión. En esas cañadas, los pastos crecen a favor de la humedad insinuada, favorecidos por las suaves arenas, e incluso afloran pequeñas charcas, a menudo ahondadas por el pastor, formando los llamados “navajos” que se utilizan durante al principio del estiaje para dar de beber al ganado. Son estos valles someros las llamadas “navas”, estructuras paisajísticas singulares de esta subunidad inferior del LIC del río Salado, como la del Pozo de la Nava, la Navahermosa, la nava de la Fuentidueña, la de la cañada de las Colmenas, etc.

El paisaje pecuario característico de esta parte de nuestro espacio se complementa con las majadas de las solanas y laderas. Son estructuras presididas por viejas construcciones ganaderas, hoy en su mayor parte ruinosas, parideras, tainas, corrales y vallados, de piedra seca cubierta de viejos líquenes, que presiden espacios más o menos abiertos en las que el pasto seco, abonado por el ganado que sestea sobre él, pronto se confunde con el monte de quejigo y encina. Así, los cerretes, fuera de las navas, cañadas y navajos, se tornan leñosos, cerrados, mezcla de lo que los ecólogos llaman “estados sucesionales”, un monte en recuperación desde un pasado mucho más humanizado, en el que la extracción de leña y el carboneo junto a la cerilla del pastor y el diente del ganado lo mantenían a raya. “Donde antes había una mata, ahora hay ciento, ¡o mil!”, refiere a veces la gente de la tierra. Y es que la historia del abandono rural de estas tierras castigadas por la emigración ha tenido como contrapartida la recuperación del monte, y, tras ella, la llegada del jabalí, luego del corzo, últimamente incluso del ciervo y, al final de la pirámide, en tiempos muy recientes, hasta del lobo. En ese monte a medio recuperar, junto a los árboles dominantes son frecuentes sabinas, enebros, jaras y rosales, especies pioneras que acabarán por ceder el puesto casi exclusivo al quejigo y a la encina del monte maduro, pero que, por el momento, forman con ellos una mezcla abigarrada y compleja, aportando riqueza y variedad paisajística. El conjunto es de una frondosidad extensa y profunda, dando lugar al refugio de las especies animales indicadas, junto a otras netamente forestales como zorros, gatos monteses, garduñas, ginetas, azores, gavilanes.

Navas, monte y majadas son los tres elementos principales del sur del LIC del río Salado, en una sucesión ondulada y compleja con forma de amplia meseta. Pero no podemos dejar de mencionar los paisajes abruptos del oeste del espacio, como el cerro de Huérmeces o las hoces y paredes calcáreas y verticales que afloran en Santamera, en Cercadillo, en Viana de Jadraque. Lugares de nidificación de rapaces rupícolas, de raudos aviones y vencejos, paraíso del buitre, de los halcones y de las águilas.

La parte norte de este espacio bicéfalo que es el LIC del río Salado es de una naturaleza completamente distinta. En él predominan las rocas silíceas, y la geología, que siempre manda, configura otro paisaje y una naturaleza diferente. La presencia de la sílice corresponde aquí a estratos geológicamente más antiguos y profundos que las arcillas y calizas de la parte sur. Cosa que no es baladí porque implica fuerzas más intensas que los hayan hecho aflorar desde esas mayores profundidades. Esta mayor preeminencia de los impulsos telúricos se manifiesta en la elevación de las rocas en paisajes abruptos, como los de la parte Este de la subunidad, en las cercanías de la Riba de Saelices. Allí, la sierra se levanta como un latigazo geomorfológico que emerge sobre el paisaje alomado del salto entre las dos castillas, portando en su cumbre, contra el cielo azul castellano, aquél castillo roquero, alargado, adherido al perfil del monte, que tan característicamente define el horizonte de la Riba. Este paisaje de areniscas rotas y rojas se prolonga al norte, cerrando el espacio protegido en el límite con Rienda, Tordelrábano, Alcolea de las Peñas y Cincovillas, formando un arco que se configura en el borde de lo que los geólogos llaman un anticlinal, o pliegue profundo de los estratos que forman la Tierra.

Comprendidos dentro de este arco, al sur y al oeste, los terrenos son arenosos, alomados y rojizos, salvo por la porción más occidental, negra y pizarrosa. La vegetación que los cubre es ahora, sobre todo, de melojar, el roblecillo meseteño de hoja lobulada, llamado también marojo o, a veces, rebollo. Este árbol, que requiere sustratos silíceos y que, por ello, resulta escaso en la parte sur del LIC del Salado --donde aparece en la Dehesa de Carabias--, forma aquí grandes masas, a menudo rebrotadas en extensos brinzales tras el paso en los siglos de los ganados y del hacha leñadora. Son terrenos algo más frescos que los del sur, y a menudo se resuelven en pastos verdes, cuando la humedad se manifiesta en vaguadas y fondos de valle. Son estos pastos silicícolas complejos, con cierta variedad de especies vegetales pratenses, recibiendo distintos nombres según su composición --vallicares, fenalares, majadales, cervunales--, la cuál suele depender del grado y persistencia de la humedad edáfica. La sempiterna encina, no obstante, también aparece, sobre todo en la parte Oeste de la unidad, de pizarras más secas, donde se llegan a formar frondosas dehesas --Cercadillo--, y también en las porciones abruptas del arco periférico. La fauna es semejante a la indicada para la parte meridional del espacio descrito.

Quedan por describir las salinas y saladares, que dan nombre a este singular espacio. No hemos dicho que las arcillas que forman esa porción intermedia de la tarta geológica que va desde las pizarras y areniscas del Norte hasta las calizas del Sur son peculiares en el sentido de que suelen contener componentes solubles, como sales y yesos, que son transmitidos a las pocas vetas de agua subterránea que las atraviesan puntualmente. Esa circunstancia da lugar a afloramientos salobres allí donde el agua llega a la superficie, típicamente en los valles más profundos que rodean la meseta meridional o el anticlinal del norte. Allí debieron existir importantes humedales salobres, de los cuáles nos quedan algunos remanentes, hoy en día en buena parte desecados y roturados o bien ocupados por la actividad humana más característica de este territorio: la extracción de sal. La salina es un paisaje artificial profundamente bello, con sus tablas de agua horizontales, que acaban por blanquear en verano, reverberando al sol intenso meseteño. Un paisaje estacional y cambiante que, tras aquella austeridad salada del estío, es capaz de renacer al compás del agua de las lluvias otoñales, que acaban por atraer a numerosas avecillas, limícolas, especies migradoras, que aprovechan estos minúsculos oasis para su descanso. La sal se extraía del agua profunda mediante norias movidas por animales de tiro, y se dejaba evaporar en aquellas superficies planas, cuidadosamente enlosadas de rústica piedra, que son las tablas salineras. La vegetación de los humedales salobres se adapta a la presencia de sales, y especies singulares, raras y de distribución restringida, tapizan a duras penas estos sustratos tan poco favorables para la vida vegetal, dando lugar a la justificación para que tales espacios sean legalmente protegidos. En verano, las almohadillas de sodas y otras plantas jaboneras --así llamadas porque de sus cenizas, ricas en álcalis, se fabricaban jabones-- destacan sobre la costra blanca, configurando un paisaje surreal, descrito por los botánicos clásicos como “tortugas saliendo del mar”. Las salinas más extensas e importantes son las de Imón, las de la Olmeda, las de Santamera, con otras menores en Rienda, la Riba, Tordelrábano, o las desaparecidas de El Atance, de las que nunca olvidaré algún atardecer sosegado, con las siluetas de las cigüeñuelas recortándose en la tabla aún encharcada del final de la primavera. Aquel pantano ominoso anegó el Atance y parte de este valle prodigioso del río de las salinas, pero, afortunadamente, aún queda mucho territorio silvestre alrededor en el que intentar comprender, ayudados por el paisaje y el cincel de los siglos, algunas cosas esenciales de nuestra naturaleza y de nuestro pasado.

Visita al LIC del Salado

El acceso a la subunidad meridional del territorio puede ser complejo dada la extensión y la ausencia de vías de comunicación principales: tan solo caminos terreros y sendas la atraviesan, lo cuál también es una medida del grado de naturalidad del territorio. Quizá la mejor opción sea la bicicleta, medio ideal para recorrer las navas y cañadas de la meseta del sur del LIC del Salado. Los accesos más directos parten de Sigüenza, por caminos que salen cerca del paraje de Séñigo, o desde Palazuelos o Carabias. También se puede penetrar en este extenso monte por el sur, desde Moratilla, o desde el Oeste, con más dificultad, desde Baides o Viana de Jadraque. En todo caso, es imprescindible dotarse de material para una correcta orientación --buena cartografía y, si es posible, un GPS de calidad-- ya que la multiplicidad de caminos y la topografía en la que no destacan puntos de referencia hacen relativamente fácil extraviarse.

La subunidad septentrional es más accesible, siendo muy recomendable la visita al paisaje roquero presidido por el castillo de la Riba o el acceso desde el pintoresco pueblo de Alcolea de las Peñas y otras localidades del Norte de la unidad. Por el Suroeste, Cercadillo es una buena opción para introducirse en los barrancos encajados en las pizarras del Oeste de la unidad.

Las salinas y saladares son, en todo caso, muy accesibles por encontrarse en los valles principales del territorio, siempre cerca de carreteras. Se recomienda su visita al atardecer, cuando el juego de luces los convierte en pequeños paisajes extraordinarios.