Nemesio de Lara y Juan Pedro Hernández Moltó han inaugurado esta tarde la exposición

ANDRADE HA VUELTO A LA DIPUTACIÓN

Caja Castilla-La Mancha ha invertido 24.000 euros y la institución provincial 60.000 en el acondicionamiento de patios y pasillos para acoger esta magnífica muestra.

Nota de Prensa. Diputación

15/06/2005

(Última actualización: 24/08/2008 14:00)

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Ángel Andrade ha vuelto esta tarde-noche a casa, a la Diputación de Ciudad Real, lo que supone un motivo de satisfacción para el presidente de la institución provincial, Nemesio de Lara, quien ha recordado, no obstante, momentos antes de la inauguración de la exposición “Ángel Andrade 1866-1932. La Aventura del Paisaje”, que una parte de su obra ha permanecido en los frescos que ilustran la cúpula de la escalera principal y los techos de los salones nobles del Palacio Provincial, aunque ha reconocido que “ estos meses hemos estado un poco huérfanos”.

De Lara, que ha agradecido a Caja Castilla-La Mancha la iniciativa de hacer itinerante la obra del gran paisajista ciudarrealeño, ha calificado de “magnífica” la muestra y ha destacado las reformas que se han llevado a cabo en la Diputación con el objetivo de adaptar el inmueble, puesto que los pasillos y patios de la sede administrativa de la Corporación provincial se ha convertido en una gran sala expositiva para la ocasión. Y ha dado por bien empleados los 24.000 euros que ha aportado Caja Castilla-La Mancha así como los 60.000 que ha invertido la Diputación.

Ha concluido De Lara invitando a los ciudadanos a que visiten la Diputación, en concreto la exposición de Andrade, un pintor al que considera de casa, puesto que siempre ha mantenido un nexo de unión con la institución desde que se convirtió en mecenas de este brillante y reconocido paisajista manchego.

El presidente de Caja Castilla-La Mancha, Hernández Moltó, por su parte, ha manifestado que Andrade vuelve a la Diputación después de haberse encontrado “con parte de su tierra”. Moltó ha añadido que para Caja Castilla-La Mancha “ha sido una satisfacción” presentar a Andrade en la comunidad autónoma.

La exposición, que comenzó su itinerancia el 24 de septiembre pasado en el Palacio de Santa Cruz de Toledo, ha recorrido otras localidades y provincias como Talavera, Albacete y Cuenca, para recalar finalmente en Ciudad Real, en un periplo que culmina con la "vuelta a casa" del pintor y que podrá contemplarse hasta el 20 de julio, ya que después sufrirá un paréntesis por obras de restauración en la fachada del Palacio y con posterioridad se reanudará la exposición permanente.

La exposición fue concebida dentro de la línea de actuación de Caja Castilla La Mancha de recuperación y difusión de notables artistas contemporáneos vinculados con nuestra cultura, de la que en buena medida han sido hacedores ellos mismos.

La figura de Ángel Andrade se perfilaba como uno de los principales objetivos de este proyecto de reconstrucción y puesta en valor de nuestro tejido cultural iniciado hace unos años con la exposición “Memoria y Modernidad” y que fue seguido de muestras monográficas como las de Antonio López Torres, Ricardo Arredondo o Enrique Vera...

Y “La aventura del Paisaje” se hizo realidad en imprescindible primer lugar al sumarse al proyecto la Diputación de Ciudad Real, depositaria de la mejor, más completa y representativa colección del autor y de la que un amplio y selecto conjunto constituye el núcleo de la muestra actual. La obra depositada por el Museo del Prado del periodo romano del artista, clave en su trayectoria, y la prestada por la Colección artística de ABC, en cuya Revista Blanco y Negro Andrade publicó ilustraciones durante más de 20 años, completan la exposición, propiciando una mejor y más amplia comprensión del gran artista.

Junto a la colaboración institucional, esta exposición es sin duda fruto también de un intenso año de preparación de la organización con la comisaria, María Luisa Giménez, en los distintos aspectos de gestión de préstamos, traslados, montajes, comunicación, selección y restauración de obras e investigación, diseño y realización del completo catálogo editado, en el que han participado reconocidos profesionales de la Historia y la Historia del Arte Contemporáneo, la Museología y la Conservación y Restauración, los cuales nos han proporcionado desde el rigor, el conocimiento y el respeto, una visión renovada del pintor en su contexto histórico y artístico contribuyendo a encontrar su lugar en la memoria colectiva.

La claridad de visión y planteamiento y la pasión del equipo científico y técnico, el cuidado de la obra siempre y en todo lugar, unidos al mantenimiento del mismo nivel de impulso en todos los lugares donde se ha llevado “La aventura del Paisaje” todo ello ha contribuido a difundir la excelencia de la obra de Andrade y ha hecho que sea una de las muestras más apreciadas por el numeroso público que la ha visitado en los principales espacios expositivos de cada punto de la itinerancia.

En los buenos viajes se ha de cuidar tanto la partida y el itinerario como el regreso, por esta razón, desde el principio, se proyectó clausurar la exposición en Ciudad Real, donde Andrade es más Andrade que en ninguna parte, o lo es completamente, al ser percibido por su gente como una de sus principales figuras patrimoniales.

La aventura del paisaje

Ángel Andrade Blázquez nace el 16 de Mayo de 1866 en Ciudad Real. Entre 1880 y 1887 estudia en Madrid arte decorativo e ingresa en la Escuela de Artes y Oficios y en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de San Fernando, becado por la Diputación de Ciudad Real. De 1895 a 1899 estuvo pensionado en la Academia de España en Roma por la Plaza de Paisaje. Desde 1900 fue Profesor de Dibujo en los Institutos de Tarragona, Toledo y Ciudad Real.

Sus obras premiadas en varias ediciones de la Exposición Nacional de Bellas Artes forman parte de las colecciones del Museo del Prado, así como algunas de las realizadas durante su pensionado en Roma. La Colección artística de ABC conserva un nutrido grupo de ilustraciones que Andrade publicó en la Revista Blanco y Negro entre 1894 y 1913.

Sin duda la colección más representativa del autor está integrada por las más de cuatrocientas obras -lienzos, tablillas y dibujos- que legó a su muerte a la Diputación de Ciudad Real para el entonces incipiente museo de la ciudad.

El 18 de Noviembre de 1932 fallecía en su ciudad natal -donde vivió, pintó y enseñó desde su vuelta en 1916- en su casa de la Plazuela de la Merced, situada frente a la Diputación y al lado del Instituto donde impartía sus clases.

Concluía así su largo periplo artístico en el que el Paisaje fue su eterno compañero desde que Carlos Haes le enseño en la Escuela de San Fernando la mirada realista al aire libre; viaje por el Madrid de las grandes Exposiciones Oficiales, de “la burocracia del arte”, pero también por los círculos renovadores de los pintores de la luz -Sorolla, Muñoz Degrain, Beruete, Pla...-, cuyo contacto lo sitúo en la modernidad.

En Roma, la tradicional meca de los artistas que estaba siendo sustituida por París, estudió el paisaje clásico y conoció la actividad de los pasajistas coetáneos, los “Macchiaioli”, así como la de alemanes, holandeses... cuya obra participará en ese culto a la luz generalizado en la época.

En Tarragona y el Norte de España, conoció el paisajismo catalán de la Escuela de Olot y su obra se impregnó de otras luces.

De Toledo -ciudad y paisaje consagrados como monumento nacional por la intelectualidad del fin de siglo- hizo su único argumento, alcanzando las más altas cotas de su carrera. Allí, intuyó que su carrera pública comenzaba a declinar a la vez que la “estrella” del Paisaje como primera aunque tardía vanguardia española frente al empuje de las primeras manifestaciones de la vanguardia histórica, e inició su viaje de regreso a Ciudad Real al vislumbrar que se cumplía su tiempo de luchar por el artista que debía ser y que era el momento de encontrarse con el artista que era.

Hacia el paisaje

Madrid, Roma y Tarragona. 1885-1906

En esta etapa Andrade mantuvo con su compañero de viaje, el Paisaje, una relación velada.

Salvo en los tempranos paisajes germinales de los cuadernos y apuntes de su primer viaje a Italia -inmediatos, más libres y personales al no surgir para ser enseñados-, relegó el paisaje a escenario donde se desarrollan dramas y desgracias, generalmente en ambientes rurales, exponentes de esa pintura de gran formato que desplazó a finales del siglo XIX y principios del XX al género de Historia, hasta entonces hegemónico, de las Exposiciones Nacionales.

El pintor que hacía carrera acumulando méritos académicos y consiguiendo premios, acompasaba su actividad artística con las pautas académicas, sobre todo en grandes cuadros de composición concebidos para las grandes exposiciones oficiales. Es el caso de El Aniversario, La Siega y Huérfanos, obras premiadas en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1890,1895 y 1906, respectivamente. No obstante, los paisajes abiertos, luminosos, realistas, cuidadosamente tratados, de estas obras captan la atención y acaban relegando a un segundo plano de interés la melodramática escena que ocurre en superficie.

Su colaboración con la Revista Blanco y Negro (1895-1913) es intensa durante este periodo, siendo la mayor parte de las ilustraciones publicadas de temática costumbrista.

La obras paisajísticas que realizó durante su pensionado por la Academia Española en Roma (1895-1899), son una especie de examen superior donde el pintor, siguiendo las explícitas directrices de la Academia, hace alarde de virtuosismo y dominio de los elementos plásticos y del tema sobre grandes formatos. Ejemplo de ello son Picola, Marina de Capri y Lago de Nemi, envíos de Pensionado en Roma de 1898 y 1899, respectivamente.

Durante su estancia en Tarragona (1900-1906) su obra se imbuye de la deslumbrante luz mediterránea y la matizada del Norte del país, sobrepasando el realismo y utilizando recursos ya impresionistas en composición y pincelada; a la vez, la escena que albergan los paisajes será cada vez más irrelevante.

Ante el paisaje

Toledo. 1906-1915. Andrade se estabiliza en la docencia y centra definitivamente su trabajo en el paisaje.

Serán sus temas las monumentales, imponentes panorámicas que ofrecen la Ciudad y el Tajo desde su paisaje circundante, que tratará sin concesiones pintorescas y, como contrapunto, los bucólicos alrededores y panorámicas urbanas de Arenas de San Pedro, lugar de sus abuelos maternos.

Andrade se mide con el paisaje de Toledo situándose ante él y se reta para aprehenderlo bajo el color-luz más furtivo, el de la puesta de sol. Construye las escenas en un encuadre moderno, atravesadas en diagonal por elementos dinámicos como un camino o el propio río. Su paleta se ordena para plasmar magistralmente el momento en que el sol se pone y hay un resplandor naranja que se diluye en la tierra, ya en sombra, como recuerdo de la luz.

Con sus modernos encuadres y el color-luz como agente plástico fundamental, son paisajes existentes por sí mismos que no necesitan ser ya soportes o escenarios de historias, son temporal y espacialmente reconocibles.

Su proceso creativo sigue siendo metódico y ordenado: continúa tomando las primeras notas visuales en pequeñas tablillas llenas de soltura e inmediatez, que le sirven de apoyo para construir en el estudio el cuadro de gran formato definitivo que enviará a las Exposiciones Oficiales Nacionales, a las que acude regularmente. Quizás la propia monumentalidad del paisaje toledano hace prevalecer la idea de “argumento” sobre la de mero paisaje de cara al gusto oficial y eso propiciara que fueran premiadas dos de sus obras más representativas de esta etapa: El Tajo en Toledo (1908) y Puerta del Sol de Toledo y el Arrabal (1910).

Desde el paisaje

Ciudad Real. 1916-1932. Regresar a Ciudad Real significó para Andrade el alejamiento del curso del arte de su tiempo y provocó, en gran medida, su desconocimiento futuro. No obstante, esta renuncia a la lucha le dio la tranquilidad anhelada para expresarse con una mayor libertad creativa que hizo que la obra de este periodo sea quizás la más genuina de su producción artística. A conquistar esta tranquilidad le ayudó la recuperación incondicional como gloria local en vida que hizo de él la ciudad.

La vuelta del artista a Ciudad Real coincide con el inicio de la aceptación del paisaje como un género académico más que formaría frente conservador contra la progresiva e irreversible introducción de las vanguardias, a cuyos autores y manifestaciones no aceptó. Seguramente porque fue consciente de su poder de disolución del concepto del arte y la imagen del artista que tanto le había costado construir, pues eran hijas de un mundo en profunda crisis como puso de manifiesto la Gran Guerra, aunque también lo fueran de la intensa experimentación artística que las precedió.

Por eso Andrade volvió a casa a conquistar su libertad huyendo por el paisaje -su mundo conocido-. El paisaje interiorizado como aventura personal, llevado a su más alto grado de expresión técnica y emocional, traspasando en ocasiones, en su experimentación, en esas tablillas que va dejando de trasladar a formato mayor, la mera representación de la realidad visible, aunque de haber sido consciente de ello, probablemente no lo habría reconocido.