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La Carraspera
Al rico petardo |
![]() >La pólvora, fragancia habitual en las navidades Que quieren que les diga. Pero al menos a mí, el espíritu navideño me abandonó tiempo ha. Uno no puede evitar concebir estas fechas bajo el tamiz de la nostalgia y del pasado. Me puse a recordar cómo vivía las navidades de antes en comparación con las de ahora, y casi me da un síncope. Verán porqué lo digo. Resulta que en mi fichero de recuerdos tengo almacenadas una serie de vivencias caracterizadas por la travesura, la inocencia y la ausencia de responsabilidades coñazo. Me vino a la cabeza el pedazo de abeto que estaba situado en el Poblado, creo que en el mismo sitio donde hoy está el monumento a las viudas. Supongo que buena parte de nuestros lectores recordarán aquel majestuoso especimen, más parecido a un sequoia que a otra cosa. Lo mejor era la impresión que causaba a todo quisqui cuando se engalanaba de luces, estrellas, campanillas y demás para recibir la navidad. Incluso, había una peregrinación endémica de padres e hijos, que se acercaban hasta el Poblado sólo para contemplar el abeto navideño. Provocaba un racimo de expresiones de asombro, como “Hala, qué pasada”, “ostras, qué bonito”, “joder, cómo lo han dejado”. Era como un descubrimiento consentido, todos sabíamos que nos íbamos a encontrar a ese colosal abeto, revestido de luces tintilineantes y adornos navideños, pero nadie nos cercenaba la emoción de volverlo a ver, año tras año... hasta que lo talaron sin más y el asombro se fue al garete. Por más que he indagado, no he sabido las razones de su desaparición. Ni quiero saberlas, la verdad, porque prefiero quedarme con la imagen incólume de tan monumental ejemplar de la naturaleza. Otra de las razones que han depauperado mi espíritu navideño es la extinción de los puestos ambulantes que vendían artículos de broma. Un servidor, asociaba y sigue asociando estos puestos con la Navidad. Disfrutaba como un enano, y de hecho me pasaba las horas muertas en aquellos que se ubicaban en la parte baja del Paseo de San Gregorio Una legión, qué digo legión, una horda de muchachos revoloteábamos alrededor de los puestos, pertrechados de monedas de veinte duros a la caza y captura de todo tipo de artículos de broma. Hagamos un inventario; por un lado el rey de la fiesta, que no era otro que el petardo. Los había de todo tipo: desde el temido “carpintero” que costaba 15 pesetas y cuya deflagración era potente y sonora, hasta la traca de 60 que venía a costar veinte duros y, si bien era más escandalosa no superaba en potencia al “carpintero”. Quién no ha sufrido un percance con el “carpintero”. Un servidor recuerda una herida en el dedo índice debido a una imprudencia. Había una costumbre, la de partir por la mitad los petardos y prender la pólvora directamente acercándole el mechero. Así salía una especie de chorro de fuego, que era espectacular, aunque peligroso. Vaya si lo era, qué les voy a contar. Pero la tipología de explosivos era amplia. Hoy en día, con la neurosis colectiva sobre la megaseguridad y el hiperproteccionismo, el que lleve un petardo se la juega como poco. Pero antes era otra historia. Antes, uno salía con una bolsa de Simago atiborrada de petardos de toda clase, quedaba con los colegas y en plan cuadrilla recorríamos las calles de Puertollano sembrando el “terror” en forma de petardeo indiscriminado. Más de uno tenía mala leche, y no se le ocurría otra cosa que reliar las mechas de siete u ocho “carpinteros”, dejarlos puestos, como el que no quiere la cosa, en una esquinita del pasaje Roma y salir zumbando. Claro, el ruido era de órdago, el susto de campeonato y las ganas de coger del cuello a esos nenes cabrones ni les cuento. ¡Ah!, se siente. Sin embargo, la “abeja reina” de los explosivos era un tipo de bomba que estallaba al contacto con el suelo. Se las llamaba de “metralla”, no sé por qué, pero estaban compuestas de unos guijarrillos negros y brillantes, que digo que eran muy susceptibles al contacto. Las bombas estaban envueltas en papel de regalo y atadas con hilo. Menudas batallas se formaron al lado de la Casa de Baños, y en el antiguo parque que había anexo. Un todos contra todos, pobre del transeúnte despistado que pasara por allí en aquel momento. Envueltos en la humareda, en el olor a pólvora quemada, en el jolgorio, estábamos fuera de sí, como enajenados, con los ojos como chiribitas y los oídos atronados. Pero molaba, vaya si molaba. Aquello era un toma y daca continuo. No había vencedores ni vencidos, era rendir pleitesía a la detonación sin más, era comprobar un deleite singular, era mandar a freír espárragos al grupo de niñas, las cuales eran muy modositas y no querían saber nada, y dejarse embriagar por la metralla, la pólvora, el fuego. Bueno, bueno paro que parezco un apologeta de la pirotecnia. Y qué me dicen de los cohetes, y de las “moscas”, o si no las espirales, qué recuerdos. Pero no todo el monte es orégano. Aparte del petardo, aquellos puestos de broma contaban con un mosaico amplio de productos. Como las bombas fétidas. Había cajitas en las que salía la cara de un chino llamado “Fuman-chu” y que contenían cinco bombitas. Eran el pavor de las reuniones sociales. Uno se las llevaba, y en el momento propicio la dejaba caer al suelo. Al instante emanaba un efluvio nauseabundo, como a huevos podridos con almizcle, y la peña se miraban unos a otros, buscando al cabeza de turco, al que normalmente se tronchaba de la risa. Junto a las bombas fétidas, otra bromita muy empleada consistía en camuflar en un cigarro un tipo de plástico que al contacto con el fuego explosionaba. Las jetas que esbozaban los “cobayas” eran auténticos poemas. Pero es que el universo de artículos de broma era inabarcable: botes de tinta china, los chicles picantes, las réplicas de heces fecales, los polvos picapica que también eran de lo más efectivo. Un sinfín de productos que en la actualidad se han volatilizado. Apenas si se encuentran en tiendas y lo peor es que la mentalidad colectiva se ha vuelto un tanto reacia a estas cosas. Vamos como que está mal visto. Por eso, la navidad pretérita estaba impregnada de un aire de pólvora, de risas nerviosas, de putaditas al personal. Y no como hoy: todo muy navideñamente correcto. No puede ser. |
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