Edición mensual - Extra Navidad 2010 - Colaboraciones

Del dicho al hecho

Eduardo Egido

Nº 230A - Colaboraciones

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Bien claro lo ponía el cartel. En letras que podían leerse desde muy lejos. Y bien bonito que era, con ilustración incluida, algo tópica, eso sí, pero es que la Navidad ya se sabe que todos los años es lo mismo. Unas bolitas brillantes y doradas, como recién salidas del horno, unidas por un lazo perfectamente anudado. Un cartel grande y a todo color que se repetía a lo largo de las cristaleras del centro comercial reclamando a gritos la atención de los clientes: “Navidad a pedir de boca. Para todos”.

El mensaje del cartel me impactó de lleno, como seguramente perseguían los publicistas que lo habían diseñado. A primera vista me dije que era un mensaje enternecedor, muy humanitario. A segunda vista me dije que era más falso que una moneda con dos caras. A tercera vista me pregunté qué se podía hacer al respecto.

Probablemente el cartel no produciría el mismo efecto en todo el mundo. Una persona con trabajo estable y la vida resuelta, con la perspectiva añadida de una inminente paga extra en las próximas semanas, apenas le concedería mayor importancia a aquella promesa tan generosa. La publicidad es así, se diría esa persona afortunada, lo exagera todo, te hace creer que eres el rey del mambo cuando realmente no pasas de ser un simple comparsa del baile de los pajaritos. Sin embargo, para los que atravesamos una situación tan precaria como la mía, el cartel tocaba los órganos reproductores.

Lejos de ser el rey del mambo, y a fuerza de echar ironía al asunto, bien podía yo considerarme el rey del tango, que como es sabido acoge en sus letras todas las desgracias que pueden acaecerle al ser humano, particularmente las relativas a los apéndices craneales. Veamos si no: soy un parado de larga duración, he agotado todas las prestaciones por desempleo, mi mujer hace tiempo que se cansó de mi melancolía y se amancebó con un afinador de pianos, y mis hijos… mis hijos me miran como al paria que realmente soy. Se me pone un nudo en el estómago cuando me miran mis hijos. No obstante, aún doy gracias por tener la voluntad de levantarme cada día y echarme a andar. Echarme a andar se traduce en llevar a cabo alguna chapuza que otra para ir tirando. Este es el retrato de mi persona, para servirles.

Pero vayamos al grano. ¿Recuerdan que me pregunté a tercera vista qué se podía hacer al respecto? Al respecto del cartelito… ¿recuerdan? Les voy a contar lo que hice. Con uno de los escasos euros que obraban en mi poder cogí un carrito de la compra del aparcamiento del centro comercial de marras y subí la rampa mecánica que conduce a la zona de ventas más decidido que un acérrimo persiguiendo a un árbitro. Me topé en primer lugar con el pasillo de las conservas y empecé a cargar: dos latas de angulas, una de almejas de Aguinaga, otra de bonito del Norte en escabeche (que me gusta sobremanera), dos tarrinas de caviar ruso, una lata de espárragos de Navarra, berberechos, sardinillas picantonas en tomate y alguna cosa más que ahora no recuerdo. Quiso el azar que a continuación me topase con la sección de embutido embasado al vacío y allí hice acopio de jamón ibérico de bellota, caña de lomo, salchichón, cómo no, ibérico, etc… Pero, bueno, pienso que resultará aburrido relatar pormenorizadamente todas las viandas que cargué en el carrito, baste con señalar que visité cumplidamente todas las secciones: pescados y mariscos, bebidas, quesos, frutos secos, encurtidos y rematé con los dulces, y que de cada una escogí lo más selecto. Mención aparte merece el ron Zacapa, por el que siento debilidad cuando me invitan.

Con el carrito hasta los topes y cuidando que ningún manjar cayera al suelo me dirigí a las cajas registradoras. La cajera miró al carrito, luego me miró a mí y seguramente dedujo que algo no cuadraba. Lo cierto es que mi vestimenta no inspira demasiada confianza. Pensó quizá que las apariencias engañan y se aplicó a pasar por la pantallita descifradora de códigos el arsenal culinario que se extendía ante sus ojos. Finalizada la operación, el saldo en mi contra alcanzaba la suma nada despreciable de seiscientos treinta y cuatro euros con cincuenta y dos céntimos. Cárguelo en cuenta, le dije. ¿Tiene tarjeta del establecimiento? preguntó. No, respondí. ¿Y tarjeta bancaria de crédito? insistió. Tampoco, contesté. ¿Entonces? quiso saber. Usted verá, dije como si la cosa no fuera conmigo. La chica me lanzó una mirada de fastidio al tiempo que oprimía el interruptor del sistema de megafonía. Servicio de seguridad, acuda a caja siete, dijo mecánicamente y cruzó los brazos esperando acontecimientos, no sin antes echar un vistazo a la fila de carritos que se iba acumulando tras de mí.

Nada más llegar el fornido vigilante, ella lo puso al corriente. Este señor, que no quiere pagar. Un momento señorita, intervine, no simplifique la cuestión, claro que quiero pagar lo que ocurre es que atravieso una situación económica desfavorable. Si pudiera aplazar el abono… Entonces ella instó al guardia, Manolo, sácalo de aquí porque mira el pollo que me está liando. Manolo me dirigió una mirada comprensiva y tomando el carrito lo condujo suavemente hacia un lugar discreto; acto seguido, se levantó la solapa de la cazadora y dirigiendo la voz al trasmisor que llevaba sujeto con una pinza dijo, Fermín, comunica al encargado de turno que acuda a la salida de emergencia número tres. Y le explicó brevemente el caso. Mientras aguardábamos le dije, perdona, hombre, que te ponga en esta tesitura. Respondió, no te preocupes que para eso estamos, si no se presentaran situaciones conflictivas no contratarían vigilantes, pues menudas son las grandes superficies. Ante su actitud conciliadora me dispuse a darle explicaciones por mi forma de proceder pero me lo impidió la llegada del encargado de turno, un tipo irascible que no estaba dispuesto a ponerse en el lugar de nadie. ¡Qué mierda ocurre! espetó usando exclamaciones en lugar de las interrogaciones pertinentes. Este señor, que ha cargado el carrito y no tiene dinero, dijo calmadamente el vigilante, o mejor dicho Manolo, al que estaba tomando simpatía. Pensé, incluso, esperarle a la salida de su turno para invitarle a una caña, un detalle amistoso no vedado a mi maltrecha economía.

¿Por qué haces esto? ¿Quieres meterte en problemas? ¿No tienes nada mejor que hacer que venir aquí a buscarnos las vueltas? encadenó las preguntas el encargado para ganar tiempo. Se notaba que no estaba teniendo un día fácil, el establecimiento se encontraba muy concurrido y seguramente aquel muchacho encorbatado tendría muchos problemas que resolver. Mire usted, le dije con determinación, estoy secundando el mensaje que tiene el establecimiento para estas Fiestas: “Navidad a pedir de boca. Para todos”. Pues bien, ya he dicho con los productos que llevo en el carrito qué pide mi boca. Y en segundo lugar, puesto que ustedes lo expresan con rotundidad me considero incluido en ese “todos”. ¡Estás loco! volvió a permutar las interrogaciones por exclamaciones. Escucha, dijo más conciliador, te va a acompañar discretamente el vigilante para que vuelvas a dejar en las estanterías todo lo que llevas. ¿Vale? ¡Venga, tío, tengamos la fiesta en paz! Así nos podremos olvidar todos del asunto, concluyó. No me amilané o, por decirlo con mayor precisión no quise asumir la humillación que el encargado me proponía. Así que le dije, no voy a hacer eso, señor “Navidad a pedir de boca para todos”. Nada más darle esta respuesta me sentí orgulloso de mi actitud. Al fin y al cabo ellos se lo habían buscado. Hay situaciones donde es necesario dar un paso adelante y aquella era un ejemplo.

El tipo entonces montó en cólera. ¡Manolo! Llama a tus compañeros y le dais un paseo a este irresponsable empujando el carro por todo el recinto. Luego le tomáis la filiación y presentáis una denuncia ante la comisaría por intento de fraude y alteración del orden. Giró sobre sus pasos y se dispuso a marcharse sin dirigirme la mirada. No había recorrido cuatro metros cuando se volvió hacia nosotros y dijo, Manolo, deja que se vaya y avisa a la supervisora para que devuelvan todo eso a las estanterías. Bastantes historias tenemos ya.

De manera que salí del establecimiento por la zona de cliente sin compra. Era evidente que no todo el mundo tendría una Navidad “a pedir de boca” y que yo pertenecía a ese grupo de excluidos. A cambio, podía presentar una denuncia por publicidad engañosa ante la organización de consumidores y usuarios e incluso ante la oficina del defensor del pueblo. Pero, bien pensado, quizá no fuese una buena idea. Como dijo el encargado, bastantes historias tenemos ya.