Edición mensual - Extra Navidad 2010 - Colaboraciones

Podría haber sido así

Luis García Pérez

Nº 230A - Colaboraciones

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Samuel estaba enfadado con sus padres, porque este año no le habían regalado ni la videoconsola que a él le gustaba ni la moto que le habían prometido, aunque había obtenido excelentes notas en junio y en el primer trimestre del nuevo curso, también había superado con buena nota todas las asignaturas. Tal vez por esta razón el día de Nochebuena se había acostado antes de las tres de la madrugada, dos horas antes de lo que acostumbraba a trasnochar en fecha tan señalada. Después de una opípara cena en la que no faltó el mejor cava ni los vinos más exquisitos o los manjares más sabrosos, así como los turrones de las marcas más prestigiosas a la hora de los postres, Samuel se retiró a su habitación para escuchar su música preferida en la flamante cadena musical que le había regalado su padrino.

Mientras los mayores de la familia hablaban de negocios redondos, el benjamín de la familia se retiró a descansar, pero apenas llevaba una hora acostado cuando, le despertó un potente resplandor que iluminó las paredes de su alcoba y las del patio interior contiguo a su dormitorio. Se restregó los ojos, se asomó a la ventana y no vio nada extraño. “Tal vez sea la pesada digestión de esta noche la que me hace ver visiones”- pensó en silencio nuestro joven protagonista. No había recuperado aún el sueño, cuando de nuevo el extraño resplandor volvió a iluminar las paredes, a la vez que una voz le decía:

-No son efectos de la digestión, amigo Samuel. Baja por las escaleras hasta la terraza, pues tengo que hablar contigo. Soy “El Espíritu de la Navidad” y te he elegido a ti para comunicarte algunos mensajes.

Samuel, que siempre había hecho gala de no sentir miedo, sin quitarse su pijama, tomó el ascensor y bajó hasta la terraza del primero donde vivía su abuela, pues él habitaba con su familia en el quinto piso de un lujoso y moderno edificio. Al principio, Samuel no vio nada, pero apenas llevaba un minuto en el patio, cuando una intensa luz en forma de estrella con cabellera se hizo visible a sus ojos. Ahora estaba seguro de que no se trataba de una alucinación pasajera, pues aquella estrella se le fue acercando cada vez más, al tiempo que una voz le decía.

-No temas, Samuel, sólo pretendo decirte algunas cosas y ser en adelante tu amiga. Soy la mensajera de la Navidad.

-Dime, ¿qué es lo que deseas?

-Verás, asómate por una de mis puntas, de izquierda a derecha, pues como habrás apreciado he tomado forma de estrella y sólo una de mis cinco puntas tiene luz intensa, las demás permanecen con otro tipo de luz artificial. Observa todas ellas y al final, yo te mostraré la más hermosa.

Samuel obedeció al instante y, sucesivamente, fue asomándose a las cuatro puntas restantes. Estaba alucinado con lo que iba viendo. En la primera estancia contempló un gran rótulo anunciando cotillones pantagruélicos, mesas repletas de los más exquisitos manjares, damas enjoyadas y caballeros muy bien trajeados ocupando lujosos coches. La segunda estancia le ofreció una estampa diametralmente opuesta a la anterior: niños famélicos en inmundas chabolas con las moscas alrededor de su boca y madres escuálidas amamantando con fláccidos pechos a sus desventuradas criaturas. Aquella escena no necesitaba ningún rótulo aclaratorio, era la misma imagen de la hambruna y la muerte. Siguió una tercera estancia en la punta siguiente con imágenes atroces: Se veía un país arrsado por un terremoto donde imperaba la desolación y la muerte, a pesar dela ayuda internaional. Después surgían aviones caza bombardeando a un indefenso país que a Samuel le resultó muy conocido, entre ruinas, con misiles destruyéndolo todo y una tierra áspera y seca sembrada de cadáveres. También aparecieron unos personajes de torva mirada preparando un coche-bomba y dos países vecinos entre carros de combate, explosivos, muerte y destrucción por todas partes , con numerosas víctimas y niños gravemente heridos e incluso un cartel donde apenas podía leerse: HOJA DE RUTA PARA LA PAZ y muchos políticos mirándose su ombligo.

-¿Qué te ha parecido, Samuel?

-Nada, que más que El Espíritu de la Navidad pareces la hermana pequeña de la tele.

-Has juzgado con toda lógica, muchacho. Sólo he querido mostrarte la cara del mundo actual. Las dos puntas que me quedan ahora en blanco voy a entregárselas a los hombres para que las llenen con lo mejor de su voluntad solidaria. Aún sigo confiando en ellos. El próximo año, a esta misma hora volveré a visitarte. Dichas estas palabras, la estrella desapareció.

Samuel subió a su alcoba con una gran preocupación. No contaría a nadie lo que había visto, porque sabía que no darían crédito a sus palabras, pero tenía muy claro que aquel suceso no había sido otra cosa que un aldabonazo a su conciencia de niño mimado. Ahora ya comprendía las razones por las que muchos de sus compañeros de instituto le llamaban niño pijo.