Edición mensual - Julio 2008 - Opinión

Opiniones en la red

Cómo lucir palmito este verano

Chema T. Fabero

Nº 201 - Opinión

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Lo malo de hacer tratos con un diablo es que, a poco que se te vaya el santo al cielo, burla burlando el muy taimado puede colarte alguna cláusula que a lo peor ni se te ocurre leer (más que nada porque uno guarda su gramo de confianza para todas las criaturas de Dios) y a la hora de ajustar cuentas resulta que has hecho el ganso integral echando a perder tu alma para lo que resta de eternidad, que se dice pronto. No obstante, si bien experiencias tan desagradables como las del Doctor Fausto o mister Dorian Gray así lo desaconsejan, me consta que a más de uno, ahora, cuando ya se ve irremediablemente abocado al machacón periodo vacacional, el negocio no se le antoja necesariamente más peligroso que otras alternativas. Díganme, si no, de qué distinto modo se acondicionan unas carnes que pasan de cuarentonas a los cánones deleitoso-veraniegos de la Santa Madre Publicidad. No es sencillo. Ni barato.

Considerando los gastos de tiempo y dinero necesarios para lucir medianamente guapetón en la playa, compare usted, compare: al cabo de estar dos horas diarias a pleno sol detrás de una pelotita con el frustrado deseo de emular a Rafael Nadal y arrear un raquetazo (¡aunque sólo sea uno, corcho!) y después de reliarse las articulaciones y los músculos en un centro de yoga, dispóngase a subir y bajar escaleras hasta que, de puro duros, los glúteos se le confundan con piedras pulidas y su vientre adquiera la rectilínea lisura de una venus o un adonis, según sea su gusto. Hecho esto, tome algunos lapiceros, varias resmas de papel y una buena medida de paciencia, porque la lista de cosméticos que le recetarán no es moco de pavo ni viruta de carpintero: suero tonificante, loción de efecto luminoso, extractos de algas antioxidantes, parches para las estrías, emulsiones con ginseng y gloria bendita, exfoliantes a base de cascarilla de huevo de chotacabras macho, cremas, arreboles, potingues, brebajes, mejunjes, ¡leches!. Y más: creo que incluso han inventado unas prendas íntimas y ultrasónicas que ponen los testículos redonditos y relucientes cual perlas del Caribe. Vamos, que si al cabo de tanto esfuerzo y gasto aún le quedan algunos euros en el bolsillo, enhorabuena: está usted en condiciones de dilapidarlos en un sándwich vegetal y un refresco bajo en calorías. Que le aproveche.

Porque esa es otra. A fin de no malograr todo el esfuerzo previo, se nos pide que renunciemos a casi todas aquellas cosas que dan sabor a la vida. Y existe mucho hijo de mujer que no quiere pasar por ahí, no señor. Bueno está lo de la cosmética y el gimnasio, bien está que uno parezca un serafín y no el tipo que decoró las cuevas de Altamira o su señora madre, pero renunciar al pisto con tropezones, la morcilla patatera y esas formidables jarras de cerveza fresquísima que sirven por los alrededores del Paseo de San Gregorio sería vedarse anticipadamente placeres que con el tiempo ya se encargará algún médico de sustituir por píldoras, pero sin excesivas prisas.

En fin, hecha las comparaciones ya me dirá el lector, despabilado de por sí, qué le interesa más, si cambiar los ahorros bancarios por la extenuación muscular y un puñado de agujetas o, por el contrario, echar por el atajo, tocar en la puerta de algún diablejo y pedirle que en un santiamén le quite de encima los años necesarios para que de nuevo resplandezca el palmito de aquel pimpollo que un día fue; el mismo que despertaba la envidia de tantos veraneantes en las mismísimas playas de Gandia y Benidorm.