Edición mensual - Julio 2008 - Opinión

Modorra y hambre

Nemesio De Lara Guerrero

Nº 201 - Opinión

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Dice la FAO que hay 854 millones de personas hambrientas y desnutridas en el mundo. Es una cifra que se olvida pronto. Memorizamos mejor el número exacto de euros que nos tienen que devolver tras nuestra declaración de IRPF, o el día y la hora en que estamos citados para una consulta médica. El cerebro es muy selectivo.

También dice la FAO que entre marzo de 2007 y marzo de 2008 el precio del maíz ha subido un 31%, el del arroz un 74%, el de la soja un 87% y el del trigo un 130%. Es decir, que antes moría mucha gente por falta de alimentos, pero ahora morirán muchos más que, mal que bien, compraban cereales para subsistir, pero que ya no podrán hacerlo porque las multinacionales los han encarecido por lo del negocio de los biocombustibles. Jean Ziegler, de la ONU, califica esto de la subida de precios como “un silencioso asesinato en masa”. El cerebro que, además de selectivo, suele ser más lineal y descomplejizante de lo que imaginamos, atribuirá al ineluctable mercado del petróleo la aparición de esta alternativas no fósiles, y aquí paz y después gloria.

Pero la gente se sigue muriendo de hambre. Y en el mundo desarrollado casi nadie mueve un pelo para evitarlo. El último informe de la OCDE denuncia que en 2007 los países ricos aportaron el 0,31% del PIB a Cooperación Internacional al Desarrollo, un 4,5% menos que en 2006. Los Objetivos del Milenio y la mágica cifra del 0,7 se han esfumado sin que casi nadie nos hayamos dado cuenta.

¿Estaremos llegando al final de una era tras la que la falta de compasión será algo tan generalizado que el hombre ya no será un lobo para el hombre, sino una máquina indiferente y abotargada para el hombre?

Las guerras por causas territoriales, étnicas, religiosas, ideológicas han atravesado en cualquier época histórica a parte o al conjunto de la humanidad. Ahí, aquí, ahora está la de Irak, con más de seiscientos mil muertos a sus espaldas, como homenaje vivo y cruel a la injusticia más flagrante y despiadada. El estigma del odio colectivo y cainita está impreso en la causa de todas las guerras. Pero por sus efectos, el trasunto de la guerra en este tiempo, acaso nuevo, no sea otro que el de una hipnosis generalizada, un amodorramiento contagioso ante el sufrimiento de la otra mitad del planeta. Podríamos estar ante una forma de “panglossianismo”, ante un optimismo carente de fundamento que se ve escuetamente alterado por un grupo artificial de elementos perturbadores de nuestro bienestar que nos sirven para mantener el equilibrio emocional. Ni el sentimiento de vergüenza, que, según Sartre, es el sentimiento más revolucionario, forma ya parte de nuestras vidas. El horizonte no puede ser más sordamente aterrador.

En realidad, ¿qué nos importa más? Y entiendo “importar”, sin florituras retóricas, como lo que nos preocupa y nos ocupa más. ¿El que 3.900 niños mueran al día por no disponer de agua potable, o las notas de fin de curso de nuestro rollizo hijo? ¿El que en las chabolas de Cité Soleil (Haiti) esté prosperando la industria de las «galletas de barro?, hechas con margarina, sal y arcilla porque la gente se las come, ya que no puede comprar nada mejor, o el resultado del partido de nuestro equipo favorito? ¿Nos deja más huella la noticia de que ya hayan muerto 200.000 personas en Darfur y dos millones y medio se hayan convertido en refugiados o desplazados debido al hambre y la guerra desde que en 2003 comenzó el conflicto, o el traspiés del Rey cuando bajaba de un estrado? ¿Nos centramos en profundizar en el reportaje del canal de televisión “Odisea” sobre el hecho de que 10 millones de niños mueran antes de cumplir los cinco años por causas evitables, o zapeamos hasta la votación del festival de Eurovisión para ver cómo queda Chikilicuatre, o hasta el último capítulo de “La señora”?

Se puede interpretar lo que acabo de decir como una caricaturización reduccionista de la realidad y que, a la vista de lo visto, podríamos acabar en una esquizofrenia flageladora bajo las que todos nos consideraríamos reos de culpa de los males de los demás. Pero no es así. Supongo que no está escrito en ningún sitio que nuestra misión sea la de formar parte de un predestinado valle de lágrimas. No. Sólo pretendo reflexionar sobre valores y actitudes, despertarme de este sueño que nos hace reaccionar con energía ante cualquier muerte violenta, mientras nos sostiene insensibles ante miles, millones de homicidios cometidos con las armas del “no pan”, del “no agua”.

Porque nunca es tarde para cambiar, para organizarnos en torno a personas e iniciativas que aún no han perdido la esperanza en un mundo mejor. Que no les avergüenza significarse por la causa de los desprotegidos, aún a riesgo de que los califiquen de “idealistas trasnochados”, de “gilipollas que no están en la onda de la pela o de la moda” o de “pasotas que no entienden los efectos inmediatos de la crisis inmobiliaria”. Que siguen creyendo que empeñarse activamente por la igualdad de todos los seres humanos no es un eufemismo abstracto, sino un compromiso ineludible. Que sacrifican vidas, algunas veces, y haciendas, las más, por arrancar de las fauces de la muerte a los más inocentes, a los más miserables. Que entienden con todo el corazón que sólo el amor y la fraternidad nos pueden salvar de esta paramera neblinosa en la que ya no acertamos a ver más allá de nuestro bolsillo, y de algún amuleto que nos hace sentirnos trascendentes…

Creo, además, que aumentar las dosis de nuestra anestesia en el principio de que por nosotros mismos nada es solucionable porque dictados superiores, en los que siempre incluimos, sin falta de razón, a las estructuras políticas internaciones, favorecen estas situaciones de penuria extrema, resulta cobarde y hasta pecaminoso. Coincido con Teresa de Calcuta en que “a veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar, pero el mar sería menos si faltara una gota”.

Dentro de un año la FAO nos presentará un Informe acaso más desconcertante. Algunos se mantendrán luchando casi en solitario. Otros escribiremos un artículo desde nuestra confortable y descomprometida habitación. Otros estarán investigando sobre como convertir los huesos de los niños muertos de hambre o de sed en combustible no contaminante. Otros, según el lugar, continuarán arrogándose a su Dios como el verdadero para salvarse en Él a pesar de todo. Otros seguirán durmiendo apaciblemente.