Edición mensual - La Pasión 2007 - Colaboradores

Gestos populares

Eduardo Egido

Nº 186A - Colaboradores

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Si efectuamos un ejercicio de simplificación se podría decir que la Semana Santa está compuesta por dos tipos de actos: aquellos que tienen lugar en la intimidad del templo y los que suceden en la popularidad de la calle. Vamos a referirnos a los segundos.

No resulta infrecuente la crítica que desde algunos medios de comunicación, desde diversas instancias religiosas e incluso por parte de voces sin vinculación concreta, se muestra contraria a determinados extremos de las manifestaciones externas de la Semana Santa. Se aduce que, en el fondo, se trata de exhibiciones que empañan el carácter austero e intimista que deben constituir el sello de autenticidad de los actos del culto. Con la contemplación de estos actos, se argumenta, los asistentes se ven alejados del sentimiento original que se pretende transmitir con ellos.

No entramos a discutir la cuestión en este artículo. Lo que sí pretendemos es intentar adentrarnos en el espíritu que anima a las personas que los llevan a cabo, los hombres y mujeres que desde meses antes preparan y ensayan, a veces con indudable esfuerzo físico, las manifestaciones que luego ofrecerán a la multitud en un ambiente próximo al enardecimiento. Pongamos un ejemplo, antes de seguir, de una de las manifestaciones a las que nos referimos: el hecho cada vez más extendido de portar en andas los “pasos” procesionales.

No cabe discusión, por obvio, acerca de que los “pasos” que son portados por los costaleros están impregnados de una expectación de la que carecen las carrozas que marchan sobre ruedas. No se trata únicamente del hecho en sí, sino que al mismo se van añadiendo otras circunstancias con el objetivo de incrementar la expectación aludida. De este modo, se añade el protocolo utilizado para levantar la carroza después de los numerosos descansos a los que se ven obligados los costaleros para recuperar fuerzas: a la necesidad de que todos los penitentes reaccionen al unísono para no desequilibrar el “paso”, se suman otros elementos que pueden resultar estridentes según quien los juzgue; así, los gritos de ánimo a los costaleros y los calificativos que les dirige el capataz, o el espectacular aldabonazo que marca la orden de la “levantá”. Prueba de que el público se siente conmovido por este protocolo es la salva de aplausos que acompaña a cada episodio.

Una vez en marcha los costaleros, llega otro elemento que asimismo persigue mover favorablemente el sentimiento de los espectadores, el hábito de “bailar” determinadas iconografías. El movimiento pretende poner de manifiesto el denodado trabajo que se ha debido realizar hasta conseguir este efecto. Resulta indiscutible también que a mucha gente le sube una especie de emoción hasta la garganta al contemplar la escena. Por último, traemos a colación otro acontecimiento que despierta una expectación particular, la “presentación” entre Jesús y su Madre que los costaleros escenifican en el cruce de las calles Puerto y Pablo Neruda el Domingo de Resurrección. Muchas personas se dan cita en este lugar atraídos por esta representación procesional.

No todo el mundo, repetimos, se muestra favorable a las citadas manifestaciones pero no se puede negar que constituyen un atractivo que incita la curiosidad de mucha gente. Si preguntásemos a estas personas qué opinión le merecen estos aditamentos, probablemente obtendríamos una respuesta abrumadoramente favorable.

Finalmente, qué espíritu anima a los costaleros y a los artífices de otras manifestaciones similares. En nuestra particular opinión su propósito es doble: atraer hacia estos actos de Semana Santa la mayor cantidad de público posible por medio de revestirlos de una mayor espectacularidad a través de elementos que despiertan la emoción popular. Y, en segundo lugar, impregnarse ellos mismos del espíritu de sacrificio y pasión que tiñe por antonomasia la Semana Santa. Me contaba un costalero que la primera vez que portaron en andas el “paso” de su Cofradía, tras culminar con éxito las múltiples dificultades que presentaba la empresa, surgió espontáneamente un abrazo general entre los componentes del grupo, enternecidos todos, y que muchos no pudieron contener las lágrimas.