Edición mensual - La Pasión 2007 - Colaboradores

Niño sin cofradías, cofradías sin niño

Francisco Correal

Nº 186A - Colaboradores

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Tengo un problema, lo confieso. Donde transcurrió mi infancia no había Semana Santa; de hecho nos teníamos que ir a partir del Domingo de Ramos a Ciudad Real para ver la espléndida iconografía. Para rizar el rizo, donde vivo todos los años la Semana Santa, la de Sevilla, que horas antes de escribir estas líneas abrió las puertas del cielo del pregón de todos los años, no pasé la infancia. Es un problema. Es una ecuación coja, un dilema antropológico: pasé del niño sin cofradías de Puertollano a las cofradías sin niño de Sevilla. Y esas cuestiones tan morroco-tudas no las resuelve el hecho de que los dos topónimos sean parada y fonda de la Hermandad de los Trenes Ultra-ligeros. AVE María, ora pro nobis.

Lo ha dicho Sara-mago en sus memorias de 83 años de vida. El niño nunca se va de nosotros, pero hay un territorio de la infancia que si no se conserva se vuelve difuso. Yo creo que los niños son los únicos que tienen derecho a ser nacionalistas. Si lo supieran sus padres, la demografía de tontos descendería sustancialmente. Es la infancia la que nos hace diferentes, no la diferencia, que es una pamplina a la que le dedican horas de trabajo catedráticos, leguleyos y picapleitos. Por eso yo me resisto a aceptar sugerencias, que no son muchas, para salir de nazareno con alguna cofradía. Igual que no me sale el acento del sur, más por mis años gallegos que por la fonética de la Fuente Agria, me sonaría a falsete ponerme bajo una túnica y un antifaz que no llevé en mi infancia. Antes saldría en una de Puertollano, aunque tuviera que hacer una extrapolación desde la centuria pepplum de Abundio a la actual efervescencia cofrade.

Mis hijas, sobre todo Carmen, sí quiere salir de nazarena. Tiene debilidad por una de las cofradías favoritas de su padre: la Bofetá, de la que es titular la Virgen del Dulce Nombre. Hoy vengo de un doloroso hermanamiento de La Mancha y Andalucía. Mi amigo Manolo Ramírez Fernández de Córdoba murió la noche del viernes de un infarto mientras pronunciaba el pregón de la Semana Santa de Talavera de la Reina. El destino, que es así de caprichoso, el mismo lugar donde un toro mató a Joselito, torero sevillano, cuando no tenía ni 25 años. He estado esta tarde en su funeral, oficiado por Monseñor Amigo, cardenal de Sevilla. Fue en una abarrotada iglesia de Constantina, un pueblo de la sierra norte sevillana. La iglesia rompió en un aplauso al final. Fue el mejor de sus pregones. Había vuelto al territorio de su infancia. A la misma iglesia en la que se bautizó.

Seguí la ceremonia detrás de un paso, bajo la imponente estampa de un romano presto para callejear. Estaban enterrando al hombre. El niño estaba intacto jugando por sus calles. Como yo cuando cierro los ojos y me planto en el Pilancón de los Burros a jugar al único nacionalismo decente, el del territorio sagrado de la infancia.

Hoy tocaba recicla-je. Llevo en las manos un fardo de periódicos añejos y mi hija me pasa el teléfono. “Es el tío Blas”, me dice. Le cuento a mi hermano la situación en la que me encuentro, plenamente informado por los fósiles de la rotativa. Y de pronto me asalta una imagen de aquel tiempo de Abundio: los periódicos leídos, releídos, caducados, pintarrajeados de mi tío Ramón camino de la chatarrería que estaba frente al Seguro. El germen de mi vocación: ser hoja volandera que se la lleva el viento.