Edición mensual - Noviembre 2006 - Historia

Cartas desde Toledo

La escultura urbana en Puertollano (XXII)

José D. Delgado Bedmar

Nº 180 - Historia

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Después de una década, la de los años cincuenta del pasado siglo, en la que puede decirse que hubo una constante incorporación de nuevas y muy variadas representaciones de escultura al paisaje urbano de Puertollano, comenzábamos en nuestra entrega del mes precedente a tratar del proceso de construcción del que, a la postre, sería el segundo y último de los monumentos urbanos que se harían en la ciudad en la década de los sesenta: el realizado en 1967 para honrar a Don José Antonio Suanzes Fernández, Marqués de Suanzes, para, con él, agradecer la decisiva intervención que tuvo este marino gallego en el proceso industrializador de nuestra localidad, en sus dos etapas en la presidencia del Instituto Nacional de Industria.

También, como se recordará, veíamos el pasado mes que este monumento no fue la única muestra de reconocimiento que la ciudad tuvo hacia su persona, porque a principios de diciembre de 1962, en la noche anterior a la emblemática celebración del día de Santa Bárbara, recibió en el Gran Teatro la Medalla de Plata de la ciudad en compañía de quien hasta pocos meses antes, y a lo largo de más de una década, había sido Ministro de Industria: Don Joaquín Planell Riera.

Suanzes había cumplido por entonces los setenta y un años, y pocos meses después (en julio de 1963) dejaba definitivamente la presidencia del INI, recibiendo de Franco en la también significativa fecha del 1 de octubre de ese mismo año (cumpleaños del dictador), el honorífico título de Marqués de Suanzes. Mas no por ello se olvidó su figura en Puertollano, y en 1966, con motivo de la celebración al año siguiente del 25 aniversario de la fundación del INI y de la Empresa Nacional Calvo Sotelo, se planteó la construcción de un monumento que, de manera perenne, fuera muestra del agradecimiento de la ciudad hacia su labor.

La iniciativa partió del ayuntamiento de la localidad, que en la sesión plenaria celebrada el 16 de septiembre de 1966, acordó perpetuar su memoria con la colocación en los jardines del Paseo de San Gregorio de un busto suyo. Sin embargo, el presupuesto que se habilitó para la ocasión, de tan sólo 15.000 pesetas (recuérdense las 500.000 que había costado el Monumento a los Caídos en el Trabajo en 1958 o las 150.000 que llevó hacer el de los Héroes Cabañero en 1962), demuestra que no se quería hacer nada especialmente ostentoso en esta ocasión. Y de nuevo se recurrió a un artista de fuera de nuestra localidad para que llevase a cabo la parte más importante del monumento: el modelado de la cabeza.

Desconocemos el mecanismo utilizado en esta ocasión, pero parece claro que no se trató de un concurso, sino de un encargo directo a alguien que, con toda probabilidad, ya disponía de un vaciado de esa cabeza (cabe aventurar incluso que elaborado en primera instancia para que quedara en la propia sede del INI), y que sería este escultor el que realizaría una copia en bronce para el monumento de Puertollano.

Este artista no era otro que Horacio de Eguía y Quintana. Nacido en 1914 en Guernica (Vizcaya), en plena guerra civil, en 1938, se trasladó a realizar un encargo a Mallorca, lugar en donde se instaló definitivamente poco después y donde murió en 1991. Escultor eminentemente autodidacta, desde su marcha a la capital balear se especializó en la realización de obras de tipo realista, tan demandadas por el arte “oficial” después de la guerra, y serán numerosos los encargos que le llegarán desde todas las islas. Así, de 1938 a 1942 realiza dos copias de otras tantas esculturas romanas de emperadores que se habían instalado en la Rambla mallorquina, que a partir de entonces recibió el nombre de “Vía Roma” para agradecer la cooperación italiana recibida por las tropas franquistas durante la contienda fratricida. Los originales de estos emperadores procedían de una gran casa señorial que perteneció al Cardenal Despuig, y fueron trasladados más tarde al Castillo de Bellver, quedando las copias de Eguía en el paseo palmesano.

La fama adquirida ya entonces y la ausencia de competencia hizo que desde ese momento recibiera encargos para realizar numerosas imágenes religiosas, que vinieron a sustituir a las desaparecidas en los primeros días de la guerra, entre las que destaca la llamada “Virgen del Seminario”, realizada en 1960. Algún tiempo más tarde pasará de nuevo a ejecutar otras obras de escultura urbana, entre las que sobresalen las de la llamada “Beateta” de Valldemosa (Santa Catalina Thomás, canonizada en 1930) y, sobre todo, “La espigadora” que se encuentra en la plaza que hay frente al convento de San Buenaventura de Llucmayor (datada en 1965). Sus monumentos más conocidos a nivel popular, sin embargo, son los de Ramón Llull (de más de tres metros de altura, realizado en 1966 e instalado en el Paseo de Sagrera de Palma) y de Fray Junípero Serra, datado en el año siguiente, que tiene su original en la Plaza de San Francisco de la capital balear y una réplica en la plaza homónima de La Habana (Cuba).

Como puede verse, es amplia su producción en estos años centrales de la década que nos ocupan, y precisamente en este “productivo” año de 1967 cabe fechar la cabeza de Don Juan Antonio Suanzes, realizada (aunque seguramente sólo “reproducida” a partir del original) por Horacio de Eguía para su monumento en Puertollano.

En efecto: tras el acuerdo municipal y ese presumible encargo posterior, faltaba tan sólo elegir el lugar concreto en el que ubicar el monumento, y se tuvo buen cuidado en seleccionar para ello una estratégica esquina de los jardines del Paseo de San Gregorio, justo al finalizar la pérgola que unía la Glorieta de Don Emilio Porras y la Fuente Agria, muy cerca de ésta y de la puerta de la Casa de Baños (que funcionaba entonces como Comisaría de Policía), y en un lugar muy cercano, por consiguiente, a donde estuvo años antes el Monumento a Pablo Iglesias.

Precisamente a este desaparecido monumento al líder socialista, al del Doctor Fleming ubicado frente al ambulatorio de la Seguridad Social e incluso al “falso” busto del Doctor Alfonso Limón de la fuente agria nos remitiría tipológicamente el monumento a Suanzes, pero en este caso sólo se esculpió la cabeza, que descansaba en un pedestal de tres bloques cúbicos en disminución y revestido de mármol gris oscuro. En una buscada bicromía, esta base se ubicaba delante de una pared igualmente revestida en mármol (de color gris claro en este caso), que se asentaba sobre unas planchas de granito basto y que medía aproximadamente tres metros de largo, por dos de alto y veinticinco centímetros de profundo. Cajeada en el lugar donde se colocaba el pedestal con el busto, aparecía una franja realizada en bronce a metro y medio de altura de la base, y llevaba la leyenda “Junio 1967” a la izquierda, una guirnalda de hojas de laurel tras el pedestal y la leyenda “Puertollano al Marqués de Suanzes” a la derecha del conjunto.

Con todo esto, sólo quedaba elegir el día apropiado para inaugurar el conjunto. A pesar de la fecha que figuraba reflejada en el propio monumento, no fue en junio cuando fue inaugurado, ni en el siguiente julio (en el que se podía haber aprovechado la celebración del día dieciocho): se esperó al día anterior a la fiesta de la Virgen de Gracia, el 7 de septiembre, en el acto de inauguración de las fiestas patronales, para contar con la asistencia del homenajeado y proceder a la inauguración oficial de la obra. Poco se imaginaban los que allí estuvieron que, ocho años antes de que sucediera, estaban asistiendo a la inauguración del último monumento del franquismo en Puertollano.

Hasta el próximo mes.