Edición mensual - Mayo 2005 - Opinión

Explicar Europa

Eugenio Blanco

Nº 161 - Opinión

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Lo dijo Borrell en plena campaña por el ‘sí’ a la Constitución Europea: “las instituciones de la Unión debemos aunar todos nuestros esfuerzos para hacer partícipe de nuestro proyecto a los ciudadanos, debemos explicar Europa”. Esta declaración de intenciones me parece fundamental, la idea de Europa calará en tanto en cuanto la población se implique con esa idea. Si las instituciones siguen pareciendo entes lejanos o difuminados para la población la UE no cuajará como una realidad política sólida y nos quedaremos anclados en el libre tránsito, sin dar un paso más: el de conseguir una identidad realmente europeísta, como si fuera una prolongación de la propia nacionalidad.

La Constitución Europea, que se dirime ahora todos los referendos que se atisban en la geografía del Viejo Continente, debe ser el acicate definitivo para impulsar una Unión Europea de los ciudadanos. No sólo porque la Carta Magna sería un texto integrador para todas las naciones de la Unión, si no porque los gobiernos de cada país van a explicar a su ciudadanía con más esmero lo que significa la Unión. Y, desde esa explicación, Europa va a dejar un ente abstracto, un barullo de instituciones donde el ciudadano de a pie no se ve representado. Para el ciudadano, la Unión Europea, en ocasiones, parece una etiqueta, un sello comercial; la política real (lo que construye su cotidianidad) se gesta dentro de las fronteras de cada país.

Explicar Europa. El objetivo debe ser la concienciación de la ciudadanía. Hay que conseguir que el ciudadano reciba las instituciones de la Unión con más cercanía, hay que evitar esa apatía o indolencia que causa en muchas ocasiones conlleva la idea de Europa. Los ciudadanos tenemos la falsa sensación de que Europa se construye sola, desde esos despachos lejanos de Bruselas o Estrasburgo.

Esa lejanía es debida básicamente a tres motivos:

1) Los medios de comunicación. Los medios se desenvuelven mejor en la política casera. El ruedo político nacional es mucho más enjundioso y cercano y, por tanto, los medios de comunicación explotan más estas informaciones. Lo de casa impera.

2) Defectos políticos. La clase política está apostando por la idea de Europa con fuerza, pero no está sabiendo conectar con la ciudadanía. No hace fácil su explicación y las medidas que se toman suelen resultar ajenas a la población, que mira las decisiones de sus políticos en este tema como un paria desorientado. Incluso, se podría que en las pasadas elecciones europeas pocos bloques políticos abordaron cuestiones ligadas a la Unión durante la campaña electoral: más bien fue una prolongación de las elecciones que antecedieron pocos meses antes y que cambiaron el Gobierno.

3) Los bajos niveles de participación en las elecciones al Parlamento Europeo. Puede que este punto más que un motivo sea una consecuencia de lo anteriormente argumentado: la política europea se antoja como algo que no acaba de concernir a los ciudadanos.

Los ciudadanos deben acercarse más Europa y Europa más a los ciudadanos. Hay que conformar una identidad europea: valores en las que todos los países miembros crean y proyectos que aúnen esfuerzos comunes. En este sentido, la creación del Airbus A380 (conformado por la EADS -European Aeronautic Defence and Space Company-, que integra un trabajo común de España, Francia, Inglaterra y Alemania), supone un acicate que vertebra la Unión, así como una realidad tangible en el marco europeo fruto de la colaboración de cuatro de los miembros de los 25.

La Constitución Europea está diseñada no sólo como marco de convivencia, si no también como arma integradora. En su momento, lo fue el Euro. La moneda única impulsó el sentimiento europeísta, así la entrada del año 2002 se recibió en París, Madrid o Berlín con el zarandeo unánime de banderolas azules con estrellas en círculo. Este dato, a modo de símbolo o síntoma, nos dio a entender que la moneda única no sólo significaba que el comercio y el tránsito se iban a facilitar, si no que los ciudadanos de Europa nos íbamos a sentir más europeos. Al fin y al cabo, cada país se iba a desligar de un elemento íntimo e identificatorio como es la propia divisa para aceptar una moneda común a todos los estados, con un reverso común y un reverso específico de cada país.

Seguramente en el diseño de la moneda está la esencia a explicar. Los europeos tenemos un proyecto en común que nos une, y tenemos una identidad nacional e histórica que gesta la tan laureada y necesaria diversidad. Explicar Europa es explicar este símbolo.

La última Cumbre de la Unión, celebrada en Bruselas, se ha centrado principalmente en avatares de índole económica (reimpulsar la Agenda de Lisboa, revisión del Pacto de Estabilidad, la polémica con la Directiva Bolkestein) y ha dejado más de lado el ámbito de explicación social. Las noticias que han salpicado a la prensa desde Bruselas tienen que ver básicamente con todos estos acuerdos que, por otra parte, resultan muy ajenos a la opinión pública. Los ciudadanos no creen que toda esa matemática política vaya ha afectarles en demasía y las noticias desde Bruselas han calado muy poco, seguramente por enmarañadas e inexpresivas.

Esperemos que Europa no se explique sólo cuando se necesita el sí de la ciudadanía. Europa sólo será una realidad integrada en tanto en cuanto los ciudadanos nos sintamos inmersos en el proyecto de la Unión.