¡Cuánto miedo tendrían las trece familias que quedaron vivas en Puertollano! Los hombres habían enterrado a padres, hijos, vecinos. Habían muerto más de las dos terceras partes de los habitantes de Puertollano. Y no sabían lo que vendría después.
Siempre tenemos miedo a lo desconocido. Es lógico. Los mecanismos de defensa de la mente humana la ponen a cubierto de posibles amenazas, haciendo que se aleje de peligro. El mejor escondite es el propio miedo, que evita temerarias aproximaciones a lo que puede resultar perjudicial, doloroso o mortal.
Pero los hombres y las mujeres también tienen un gran enemigo: el desconocimiento. La ignorancia es la madre de todos los peligros. Si un niño no sabe que un enchufe tiene una corriente eléctrica que le puede dar calambre o electrocutarle, a lo peor se siente atraído por esos dos agujeritos que comunican con una dimensión misteriosa. Bastará con decirle que si toca la va a ocurrir algo muy malo. Como la mente no lo sabe todo, se muestra tímida ante aquello que no comprende. Pronto se pasa a estar a la defensiva y como la mejor defensa (dicen algunos miembros ingratos de esta sociedad) es un buen ataque, enseguida nos pondremos agresivos.
La agresividad impide la racionalidad y sin razón no hay luces. Y sin luces vuelve a haber oscuridad, que vuelve a ser la madre de la ignorancia y al final te entra una mala leche contra todo y todos que más vale que no te pille nadie por medio. Este círculo vicioso de miedo ? prevención ? ataque, nos sitúa a un paso de la guerra, que es la más dramática consecuencia de la ignorancia llevada a grados de tragedia. ¿Qué les voy a contar en los tiempos que vivimos?
Entonces nos encontramos con que el miedo ya no se quita jamás y nos llega la Muerte, que es el MIEDO con mayúsculas. Pero esta inexorable alianza del hombre con sus terrores personales llega a su extremo más amargo cuando lo que no se conoce forma parte de la Naturaleza con su todopoderoso aliento soplando desde el mar o de la "naturaleza" de quienes profesan otra religión.
Como instrumento de los poderosos para someter a los humildes o poco instruidos, la religión es un huracán tan poderoso como los que por triplicado han soplado en el Caribe o en forma te tifón en el Pacífico. Y siempre sobreviven los más fuertes, los más ricos. A ti te pilla un ciclón en los ranchitos de Caracas y palmas seguro. Pero si estás en un hotelazo superestrellado en Palm Beach, probablemente podrás pedir un daiquiri para que se te pase el sofocón. Tú a un pobre palestino, con cinco o seis muertos en la familia le prometes una paguita para los que se queden vivos y el Paraíso para él, y tienes un cinturón de explosivos con piernas. Y no cito credos, porque en momentos terribles pasa en las mejores confesiones. Pero se lo ofreces a un líder religioso, imam, patriarca, obispo o más, y te hablan del pecado del suicidio.
Cuando las enseñanzas religiosas y políticas nos venden lo de socorrer a los necesitados y no abusar de nuestra fuerza frente a los débiles, llega Dios, con diferentes nombres y nos demuestra que esto es la selva y que el pez grande se come al chico y el animal superior exterminará al inferior.
El otro día, un mimo que hace de estatua blanca total, comenzó a moverse casi compulsivamente. Miraba a diestro y siniestro y se revolvía en su tarimilla, como si le hubiera picado una legión de pulgas. Daban ganas de quitarle los cincuenta céntimos que le había echado en la cajita una bondadosa señora. Pero luego pensé en la crisis que tiene que pasar cualquier monumento ante el paso del huracán natural y el tifón humano. ¿Quién se está quieto cuando le pueden demoler los talibanes, bombardear los aliados, descomponer el mal de piedra o triturar un terremoto? ¿Quién se fía de los amigos o de los enemigos?
Por eso fue el voto: el juramento de Puertollano a su Madre Tierra Protectora. Un voto para perder el miedo. Para seguir comiendo todos juntos y a nuestras expensas, con quienes vengan a visitarnos o a vivir con nosotros, como en 1348. Salud.